El tres de agosto viajamos a las tierras cafeteras Maritza, Carmen y yo. Recorrimos Armenia, Salento, el Valle del Cocora y el corregimiento de Barcelona. Aquí les cuento cómo fue el viaje antes de la tragedia que hoy se vive, justo por esos lugares.

Diana, Maritza y Carmén,en la finca Recuca, brindando con un tinto
Diana, Maritza y Carmen tomando tinto en la finca cafetera Recuca. Agosto 2026

Finca cafetera

Salimos a buscar un taxi que nos llevara al terminal para comenzar el recorrido por las carreteras cafeteras y llegar a la finca cafetera RECUCA (Recorrido por la Cultura Cafetera), ubicada en la vereda Callelarga, en el corregimiento de Barcelona, municipio de Calarcá, departamento del Quindío, a unos veinte minutos de Armenia.

Juan José fue nuestro guía. Nos explicó cómo llegó el café a estas montañas y la importancia de apoyar la compra directamente a las fincas, no solo para disfrutar de un producto bien trabajado, sino también para beneficiar a las familias que han dedicado su vida, de generación en generación, a la producción del café.

Nos hizo reír, aprendimos sobre café, cantó y hasta logró que nos vistiéramos con los trajes típicos de la región. Con ellos no solo nos tomamos fotografías; también Maritza y Carmen bailaron.

Finalmente, vivimos la experiencia de los recolectores de café. Nos explicaron cuánto deben recoger para que realmente valga la pena una jornada de trabajo. Recorrimos los árboles cargados de frutos y escogimos los que servían para comenzar el proceso.

Luego nos llevaron a un espacio donde nos ofrecieron un delicioso tinto y nos explicaron cuál es la temperatura apropiada del agua para disfrutarlo.

Para llegar a la finca cafetera, tomamos una flota en el terminal de Armenia y le pedimos al conductor que nos dejara en la entrada. Allí nos esperaban unos carros pequeños, conocidos por algunos como tuc-tuc, que nos llevaron hasta la taquilla de RECUCA. Los conductores fueron amables y eso hizo que nuestra experiencia como visitantes fuera todavía mejor.

Carmen, Maritza y Diana en una calle de Salento, donde hay sobrillas de colores colgadas
Salento Calle Sombrillas. Carmen, Maritza y Diana. Agosto 2026

Salento

Al día siguiente visitamos nuevamente el terminal de Armenia. Llegamos muy temprano a Salento, un lugar colorido y lleno de vida. Recorrimos sus calles, la plaza central y entramos a algunos de los locales que ya estaban abiertos. Vendían ropa, bisutería y recuerdos típicos del Eje Cafetero. También tomamos algunas fotografías de las fachadas de las casas.

Cuando comenzó a llover, buscamos los Willys que nos llevarían hasta el Valle del Cocora. Pagamos $16.000 por el viaje de ida y regreso. Los vehículos estaban en muy buenas condiciones y la carretera nos regaló un paisaje adornado por la cordillera y ese verde característico de los recorridos por Colombia.

Al regresar del Valle del Cocora, el centro de Salento estaba lleno de gente. Caminamos nuevamente por sus calles, pero ahora las mirábamos de una manera distinta a cuando llegamos. El sol brillaba con fuerza e iluminaba los rostros de los extranjeros, en su mayoría españoles. Los locales de recuerdos estaban llenos y los restaurantes también.

Nos despedimos de ese lugar hermoso sin imaginar que, poco tiempo después, veríamos por medio de videos las casas sin techo, las paredes derrumbadas y las sombrillas rotas. En cuestión de segundos, un paisaje hermoso puede convertirse en un recuerdo.

Al fondo el cielo gris, con nubes, tres palmeras gigantes una montaña y tres amigas: Diana, Maritza y Carmen en el Valle del Cocora
Valle del Cocora. Diana, Maritza y Carmen. Agosto 2026.

Valle del Cocora

Cuando nos bajamos del Willys, caminamos junto a los caballos. El olor era fuerte y el paisaje tenía diferentes tonalidades de verde. Llegamos a una cascada por donde pasaban los caballos, atraídos por la posibilidad de tomar un poco de aquella agua clara, fría y limpia.

Nos quedamos un rato contemplando el paisaje. Decidimos no continuar por el sendero y entrar al último mirador para tomarnos algunas fotografías.

Pagamos $30.000 cada una por la entrada. La subida era exigente, pero había poca gente, así que podíamos avanzar al ritmo que nuestro cuerpo nos permitía. Hicimos algunas paradas para contemplar las montañas y las palmas de cera, respirar el aire frío y continuar.

Cuando llegamos a la cima, encontramos una fila de personas que esperaba para tomarse una fotografía en una mano gigante y detrás la hermosa montaña.

Después de la foto, nos sentamos un buen rato a contemplar el lugar donde estábamos. Pasaron a nuestro lado extranjeros, en su mayoría españoles, además de algunos chilenos y estadounidenses.

Bajamos la montaña de la misma manera en que la habíamos subido: sin afán y tratando de disfrutar cada paso. Tomamos algunas fotografías y salimos del mirador en busca de un restaurante para almorzar.

Comimos trucha para disfrutar uno de los platos típicos de la región. Después esperamos un Willys, pero había tanta gente que finalmente llegó una van y nos montamos veinte personas. Íbamos cómodos. A algunos españoles no les gustó esta solución porque decían que habían pagado por la experiencia de subir y bajar en un Willys. Sin embargo, no había otra opción, los vehículos estaban escasos.

Bar el Mistral en Armenia. Diana, Carmen y Maritza, al fondo se ve una pantalla de un grupo de rock cantando
Bar Armenia El Mistral, despedida de las tres amigas: Diana, Carmen y Maritza. Agosto 2026

Armenia

Para despedirnos del viaje, estuvimos en el bar de Luisa, Pola y Cristian. (En el próximo texto les contaré sobre este lugar). Tomamos una cerveza de la casa, escuchamos rock y hablamos un rato con Luisa, una de las dueñas del lugar.

Consentimos a Pola, nos tomamos una fotografía y salimos a las 11:00 p. m., porque teníamos un vuelo de regreso a las 7:00 a. m. hacia la fría Bogotá.

Antes de llegar al bar, caminamos por las calles empinadas de Armenia para conseguir algunos regalos de recuerdo para nuestras familias. El tiempo no nos alcanzó para recorrer más de esta ciudad. Ahora que veo las imágenes de algunos de estos lugares después del terremoto, siento tristeza por todas las personas que viven allí.

Luisa y Cristian fueron algunos de los afectados. El bar quedó destruido, pero, afortunadamente, ellos están bien. También está bien Pola, la perrita consentida que tanto amor le daba a ese lugar.

Recordábamos con Carmen que, hace algunos años, Armenia había padecido un terremoto horrible. Veíamos cómo la ciudad había logrado levantarse y continuar, como si nada hubiera pasado. Y el lunes, (7 días después de nuestro viaje) a las siete de la mañana, una parte de Colombia volvió a sacudirse.

Armenia y Salento estuvieron entre los lugares afectados, y el dolor fue fuerte para las tres amigas que hicimos este viaje. En cuestión de días, estas fotografías se convirtieron en algo que ya no existe de la misma manera: las casas, los colores, las sombrillas, el bar.

Nada está igual a como aparece en estas fotografías. Y quizá eso es lo que más duele cuando viajamos: creemos que estamos guardando un lugar en una fotografía, pero en realidad estamos guardando un instante, un momento que no sabemos si volverá a existir.

Por eso hoy miro las imágenes de nuestro viaje de una manera diferente. Ya no veo solamente tres amigas recorriendo el Eje Cafetero, tomando café, riendo, bailando, caminando entre montañas y buscando el mejor lugar para una fotografía, veo un paisaje que, sin saberlo, estábamos despidiendo.

También veo la fuerza de quienes viven allí. Porque los lugares no son únicamente las casas, las calles, los restaurantes, las montañas o las sombrillas de colores, son las personas que los habitan, los que trabajan en ellos, los que los levantan después de una tragedia y vuelven a abrir sus puertas.

Afortunadamente, las colombianas y los colombianos tenemos esas ganas de ayudar, de proteger y de hacer que los otros no se sientan solos.

A todas las personas afectadas por este terremoto, quiero recordarles que no están solas, que todos podemos comenzar de nuevo, levantarnos y continuar, que la ayuda va en camino y que, desde lo que tenemos, podemos aportar algo: una mano, una palabra, una donación, un abrazo o simplemente la voluntad de no olvidar.

Un lugar puede cambiar en segundos, pero la memoria de quienes lo amaron puede ayudar a reconstruirlo.

Y quizá algún día volvamos a Armenia, a Salento, al Valle del Cocora; quizá encontremos otras casas, otras sombrillas, otro bar y otros caminos, pero llevaremos con nosotras aquellas fotografías de tres amigas que, sin saberlo, estuvieron allí justo antes de que el paisaje cambiara.

¡Nos estamos leyendo!

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