Hay recuerdos que se niegan a morir. Se esconden durante años en algún lugar de nosotros y esperan. Esperan una canción, un olor, una fotografía, una calle, una voz. A veces basta una palabra para que regresen, y nos devuelve a una casa que ya no existe, a una persona que ya no está, a quienes fuimos antes de convertirnos en quienes somos. Entonces, la palabra es magia.

Una mesa, el libro la palabra mágica de Isabel Allende y encima una taza de café.
La palabra mágica Libro Isabel Allende. Foto Diana Socha Hernández. 2026.

Isabel Allende, nos invita a escribir

La palabra mágica, de Isabel Allende, es, de alguna manera, un libro sobre los recuerdos que dejamos atrás y que de un momento a otro, necesitamos revivir y escribirlos para que se conviertan en una historia para otros, para esa lectora que la interpretará según sus vivencias.

Leer a Isabel Allende es entrar en un territorio donde la memoria, la imaginación, el dolor, el amor y la pérdida se encuentran. En La palabra mágica la autora nos permite mirar la escritura desde el lugar de quien publica libros, y también, de quien necesita escribir para comprender lo vivido. No todos queremos publicar, también queremos dejar un dolor, una decepción, pero también alegrías, recuerdos bonitos.

¿Qué escribiríamos si supiéramos que nadie va a leernos?

Desde muy pequeños nos enseñaron a escribir para alguien, para el profesor, por una nota, porque era una tarea, para presentar un trabajo, o para dejar una evidencia, pero creo solo en algunas ocasiones (retiros espirituales o ejercicios personales en clase) nos enseñaron a escribir para nosotros, a sentarnos frente a una hoja sin la obligación de demostrar nada, sin preocuparnos por la ortografía perfecta, por la estructura, por la opinión de los demás o por encontrar la frase brillante.

Simplemente escribir, dejar que los dedos bailen en el teclado o que la mano se deje llevar en esa hoja blanca. Y luego, leer para sí mismas lo que aparece, sin corregir, solo por el hecho de mirar qué hicimos, qué contamos.

Escribir es un ejercicio tan íntimo, porque mientras la vida sucede (el trabajo, las responsabilidades, las conversaciones, las noticias, las urgencias) la escritura nos obliga a detenernos, y entonces miramos, recordamos, escuchamos y esa página en blanco (que a veces nos puede asustar) se convierte en un espacio de posibilidades.

Las personas pueden irse, podemos abandonar una casa y desaparecer de nuestros recuerdos, esos detalles que la hacían parte de nuestra vida. Podemos visitar países y luego no recordar bien los lugares por donde caminamos, y esto pierde importancia, porque la vida continúa y todo se va quedando atrás. Sin embargo, la palabra puede conservar un instante, una página escrita puede guardar una voz.

Podemos conseguir que todo lo vivido quede guardado en un texto y nos ayude a recordar. Eso es lo extraordinario de la literatura, y también lo extraordinario de nuestra propia escritura, incluso cuando nadie más la lee.

Podemos escribir una carta que nunca enviaremos, o contarle a una hoja de papel aquello que jamás nos atrevimos a decirle a alguien. Podemos escribir sobre nuestra madre, nuestro padre, nuestros hijos, nuestros amigos, nuestros amores; sobre la infancia, una pérdida, sobre un miedo, la felicidad de una tarde cualquiera, para no dejar que algunas partes de nosotros se pierdan en el vacío, en el silencio, en el olvido.

Así que te invito, no solo a que leas La palabra mágica de Isabel Allende, sino que te atrevas a escribir, para ti, sin ninguna otra intención, recuerda que aquí encontrarás el Curso básico de escritura creativa, en donde te doy técnicas para escribir historias publicables, pero también para que te sientas más segura y seguro, al contar tu propia historia.

¡Nos estamos leyendo!

(Recuerda inscribirte al Curso gratuito de Escritura creativa básica)

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