Recuerdo mis primeros años en la universidad. Algunos docentes siguen presentes, hablo de vez en cuando con ellos, y otros siguen en mi recuerdo con cariño, y por supuesto los compañeros con los que hacíamos trabajos en grupo y con quienes tengo una amistad que ha crecido con los años. El edificio de la Universidad, y mi asombro por la manera en que ha crecido con el tiempo, recuerdo también las actividades que realizábamos allí, no solo académicas, sino culturales y esas que nos cambiaron la vida.

Está en mi memoria el primer artículo que escribí para el medio universitario de ese momento: Nuevo Milenio, lo escribimos entre varias personas. No logré guardar el periódico donde salió publicado, pero tengo vivo el recuerdo del trabajo de campo que realizamos para poder escribirlo. En esa construcción, hubo risas, muchas risas, y mientras lográbamos darle forma y el tono que queríamos, yo pensaba si realmente esto era lo que quería hacer toda mi vida, escribir.

Las dudas que nos surgen y el temor que nos acecha en algún momento de nuestra carrera, es inevitable, creo que todos y todas hemos pasado por esto, nos preguntamos si ¿realmente la carrera que escogimos es la correcta, pensamos si esta decisión nos va hacer felices, nos va a permitir lograr nuestro propósito en la vida, es lo que nos va a dar de comer o nos dará un reconocimiento?

Portada del libro Adiós pero conmigo de Juan Diego Mejía

Adiós, pero conmigo, habla de eso precisamente, de esos interrogantes que nos acompañan en nuestro paso por la universidad, en ese momento en donde dejamos de ser niñas y sabemos que nos enfrentamos a la vida. Franco, Alejandro, Ernesto, Víctor, Raquel, Soledad y la voz que narra la historia, el mejor amigo de Franco; nos cuentan que lo que vivieron fue bueno y es imperdonable olvidarlo. La importancia de dejar, no solo un recuerdo, sino una huella que ni los años puedan borrar. Los personajes arman un grupo y deciden escribir un texto que los identifique y permita que sean recordados. En esta historia se ve sutilmente la evolución de los personajes y el fuerte lazo de la amistad.

Una de las frases que más me gustó fue: “No iba a ser fácil, mantener el optimismo cuando los que considerábamos fuertes de pensamiento se mataban”, haciendo referencia a un profesor reconocido quien había dictado una clase magistral a los protagonistas de esta historia. Estos jóvenes perdidos que consideran que sus docentes serán quienes les den luz en ese camino nublado y borroso, descubren que también están igual de perdidos que ellos. ¿Cómo soportar entonces que las personas se vayan, que las cosas cambien y que las personas con quienes te sientes seguro, no van hacer parte de tu vida?

Es una historia melancólica, que me llevó a cuestionar y a identificarme con varios temas que viví en mi época universitaria y que ahora como docente, es inevitable que me haga pensar en mis estudiantes. Esos dilemas que a veces no se tratan en las clases, porque debemos cumplir con un programa, porque hay que sacar notas y los semestres se tienen que pasar, sería pertinente revisarlos y buscar soluciones para no perder la esperanza.

Juan Diego Mejía es el autor de este libro. Tuve el privilegio de que fuera mi profesor en la maestría y el director de mi trabajo de grado. Su poética me sigue sorprendiendo e inspirando. Con esta novela me hizo ir al pasado y me inspiró para seguir construyendo mi presente, el que cuestioné aquella vez que escribí mi primer artículo para un medio universitario.

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