Desde el primero de julio hasta el tres, estuve recorriendo: Cementerio de Tulcán, Santuario de las Lajas en Ipiales, el centro de Pasto y la laguna de la Cocha; en compañía de la lluvia, el frío y la amabilidad de los habitantes del sur de Colombia. Este es mi segundo viaje sola y aquí te cuento cómo me fue.

Cementerio Tulcán. Dos arbustos de pino con figuras representativas de la cultura Ecuatoriana. Foto tomada por Diana Socha Hernández-automática.
Foto automática. Cementerio Tulcán Ecuador julio 1 de 2026

Lo que me esperaba

Desperté con ansiedad, como me suele pasar cada vez que voy de viaje. Lo preparé varios meses atrás. Tenía itinerario listo, tiquetes comprados, reservado el hotel, solo me faltaba estar lista con una maleta pequeña y las ganas de caminar y conocer el sur de Colombia.

El vuelo estuvo bien. (El valor de los tiquetes fue de $495.000 comprándolos con algunos meses de anticipación) Desde Bogotá a Ipiales fueron cincuenta minutos de ver nubes y escuchar Libertad sublime de César López, mientras leía un libro.

Llegué al pequeño aeropuerto San Luis de Ipiales -inaugurado en 1940 gracias a las mingas y el esfuerzo de la comunidad de la provincia de Obando, como lo asegura el medio La Ipialeñísima – más o menos a las 11:00 a.m. Hacía frío y el día estaba gris. En la puerta de salida me esperaba un taxi que me llevó al Puente Rumichaca por $39.500.

En Rumichaca, pasé caminando hasta ver unos colectivos que esperaron a que completaran el cupo para arrancar y llevarme al Cementerio Tulcán. Me ofrecieron SIM para el celular y me preguntaron si pagaría el servicio en dólares o pesos. El recorrido me costó $3.500 y me dejó en la esquina del cementerio.

Una llovizna suave no impidió que me emocionara al ver avisos anunciando que estaba en Ecuador. Banderas, ruanas y la amabilidad de los vendedores ofreciendo sus productos era mi escenografía y sentía que ya iba llegando al Cementerio, ese que hace sentir orgullosos a los ecuatorianos, por sus “estatuas de hoja perenne y enormes topiarios tallados en cipreses vivos”, como lo dice el medio Not you averange american.

Pagué dos dólares para entrar y la lluvia bajaba con más fuerza. No averigüe por el clima; yo sabía que hacía mucho frío y estaba preparada para eso, pero no para tanta lluvia. Igual, lo disfruté. Las fotografías no son iguales con el ambiente húmedo, pero lo importante era el recuerdo y la experiencia.

Recorrí todo el cementerio, el lugar esta dividido por el Parque de la Memoria y el Altar de Dios y admiré las obras, desde animales hasta figuras incas y religiosas, así como arcos y figuras geométricas que adornan el paso. Aunque, se nota que no hubo mantenimiento reciente, y es inevitable verlas deterioradas y perder incluso su forma.

Caminé por las calles de Tulcán, húmedas, encharcadas y con andenes pequeños, me recordó las calles del centro de Usme, angosta y llena de comercio. Después de recorrer la plaza y tomarle la foto a la brújula gigante que estaba en el piso, busqué un colectivo para regresar a la frontera con Colombia, (otros $3.500) y así iniciar mi viaje por Nariño.

Las lajas

En Rumichaca me subí a otro colectivo que me llevó a Ipiales por $4.000 y en Ipiales me subí a otro colectivo que me llevaría a las Lajas, también por $4.000 y me dejó en un parqueadero rodeada de locales con recuerdos del lugar, ruanas con la figura de la Virgen, imanes de la iglesia y muchos cuys, más o menos a las tres de la tarde.

Caminé despacio, observando cada detalle. Subí por un pasadizo solitario y pensé en la leyenda que había leído en laslajas.org que hablaba de la señora María, que en 1754 caminaba, seguramente por el mismo lugar que yo recorría, en donde escuchó voces y presencias misteriosas. Ella se refugió en una cueva natural a orillas del río Guáitara, donde llamó a la Virgen del Rosario para que la protegiera.

Se me acercó un hombre pequeño -Buenas tardes – dijo con amabilidad y yo le respondí pero inmediatamente le pregunté por el Santuario, si yo había tomado el camino correcto. -Yo la acompaño, me queda de paso, este camino no lo recorren mucho, el más usado es el que ve usted al frente. Me dijo, mirando al piso polvoriento y rocoso.

El paisaje era gris y muy impresionante. Veía la iglesia metida como en un gran hueco, acompañada del río y de la montaña verde abrazándola. El señor se despidió y me dejó sola viendo el camino que me quedaba por recorrer.

Contemplé el Santuario por todos los ángulos. Junto a la cascada, en la cima del Ángel, desde las escaleras rodeada de placas con diferentes agradecimientos de muchas familias y personas devotas de la Virgen del Rosario y finalmente, desde el restaurante, con una vista privilegiada. Esperé a que se oscureciera para tomar las fotos de las luces de colores que adornan la iglesia.

Vi la sesión de fotos de una novia con la luz del día y la inmensidad del Santuario y en la tarde a dos quinceañeras, una con un vestido verde y la otra con uno rosado; el fotógrafo se esmeraba por hacer la mejor toma con la iglesia iluminada. Varias familias prendían veladoras y entraban a la misa, como todo un ritual.

Llegué al Hotel Casa Peregrinos, que queda a cinco minutos del parqueadero donde me dejó el colectivo en la tarde. Pagué $260.000 por mi estadía y entré a descansar a una habitación sencilla y cómoda. Organicé todo lo necesario para mi viaje del siguiente día y me acosté a dormir.

Santuario de las lajas iluminado y el atardecer. Foto tomada por Diana Socha Hernández.
Foto de Diana Socha Hernández. Santuario de Las Lajas en Ipiales. Julio 1 de 2026

Laguna de la Cocha

Desperté a las 6:00 a.m. Salí al restaurante por el desayuno que estaba incluido con la estadía. Había una mujer esperando a que llegara un grupo de adultos mayores que hablaban de rezar el rosario y de ir a la iglesia antes de salir para Pasto. Saludé y me fui a mi siguiente destino: La laguna de la cocha.

En el parqueadero de las Lajas me esperaba un colectivo a las 9:00 a.m. Llovía. Hasta las 10:15 a.m. arrancó al terminal de Pasto, aunque no alcanzó a completar todos los cupos. Me costó $25.000 el trayecto. Me esperaban dos horas de camino.

El paisaje era impresionante. La carretera amplia, perfecta, montañas por un lado, curvas con color y otras opacas. Desde el terminal caminé hasta Alkosto y le pregunté a dos jóvenes en dónde se ubicaban los colectivos que me llevarían a la laguna.

Cuando llegué al lugar, ya iba a arrancar un colectivo con dos puestos desocupados. La señora encargada me dijo que esperara, que en minutos llegaba uno y arrancaba inmediatamente, porque una familia quería salir en un viaje expreso y pagarían los puestos desocupados, $7.500 cada uno.

Esperé unos minutos y me ubiqué en la silla de atrás. El recorrido fue de una hora aproximadamente. Una carretera angosta, empinada y curvilínea. Las nubes grises hacían parte del paisaje y me indicaban que llovería. La familia hablaba del frío y la lluvia, por sus frases, intuí que eran de la costa.

Llegamos a El Encano. Me despedí de la familia costeña y caminé hasta la última casa de madera que se podía ver, después, solo agua que comenzaba con un caminito de matas que brotaban del agua y que llevaba a la laguna que desemboca al río Putumayo desde el río Guamués.

La tarifa mínima para subir en las lanchas era de $100.000 para seis personas. Al preguntarle a una señora el valor me dijo que como estaba sola, me recomendaba que me subiera con una familia y pagara mi cupo. Así que me quedé sentada esperando que la familia que acababa de llegar me acogiera. Pero la turista con acento rolo de gafas le dijo que no a la encargada.

Había una familia ya acomodada en la lancha y solo se detuvieron para comprar un paquete de papas, cuando los vi bien, era la familia costeña, así que cuando le preguntaron si podían llevarme con ellos, me sonrieron y me aceptaron con la alegría que caracteriza a la mayoría de costeños. Así que fue mi familia adoptiva en la laguna.

El viaje estuvo intenso. Llovió durísimo. La lancha se movía con decisión y parecía que quería sumergirse en el agua fría y llevarme a conocer a los amantes: Tamia y Munani de una de las tantas leyendas que tienen los locales sobre la laguna. (léela aquí) En medio de lluvia y el movimiento, me dio ataque de risa al escuchar a una de las mujeres decir groserías y luego pedirle a la Virgen que la cuidara y protegiera. Después de unos minutos hizo sol y luego volvió a llover.

En el recorrido vi montañas, bajé a La Corota y estuve en un mirador. Recorrí un área de más de 40 kilómetros cuadrados y una longitud de 25 kilómetros con una profundidad de 74 metros. Me reí mucho y al bajar de la lancha, les iba a entregar mi parte del dinero y me dijeron que era un regalo. Esta familia cálida no sabía que yo estaba de cumpleaños, solo quisieron tener un lindo detalle conmigo y lo agradecí.

Luego entré a Sur Café. Estaba decorado con libros y la música de fondo era del folclore colombiano y argentino. Disfruté de la soledad en el lugar, la amabilidad de la joven que me llevó el café a una mesa de hojas de libro color sepia. Tomé fotografías y me despedí del lugar para regresar a Pasto.

Me esperaba un colectivo, pagué $7.500 y recorrí la misma carretera con un poco más de sol y en menos tiempo. Llegué a Pasto a las 3:55 de la tarde.

Laguna de la cocha. Aviso de la Venecia colombiana. Foto tomada por Diana Socha Hernández.
Foto de Diana Socha Hernández. Laguna de la Cocha. Viaje julio 2 de 2026

Pasto

Recorrí el centro de Pasto. Mi guía por unas calles fue una señora que se subió en la laguna de La Cocha con truchas y no solo le vendió a tres señoras, amigas ellas, que decidieron en el último minuto llevar libras de trucha para sus familias, sino que tuvimos que parar en el pueblo para que dejara algunas en dos locales.

La señora cargaba una bolsa grande llena de truchas y la acompañaba tres niñas, vestidas y peinadas como para fiesta. Le seguían el ritmo porque caminaba rápido. Amablemente me dijo que al final de la cuadra encontraría la plaza de Nariño. Se despidió con una tímida sonrisa y ellas siguieron su camino.

Llegué a la plaza de Nariño y admiré la arquitectura y el movimiento del comercio en las calles angostas y llenas de carros y transporte público. Muy parecida al Centro de Bogotá. Tomé fotografías y el cielo se despejó. El azul brillante hacía ver a la plaza limpia, grande, acompañada de un montón de palomas.

Luego llegué a la librería AmuLEEto. Allí acondicionaron el espacio para que yo pudiera tomarme unas fotos, apagar una vela pidiendo mi deseo por mis 48 años de vida. Compré un libro que me cuenta muchas leyendas y anécdotas de Pasto. (Sobre él escribiré una recomendación pronto)

Caminé frente al Templo de San Felipe y luego fui a la plaza del Carnaval. Desde allí me ubiqué para regresar al Terminal de Pasto y volver a Ipiales y así finalizar mi día de cumpleaños.

En el Terminal compré el tiquete de regreso que me costó $16.000 y me comí un helado. Vi cómo el paisaje cambiaba de color. Poco a poco se fue oscureciendo hasta llegar al Terminal de Ipiales, y con decepción me di cuenta que no había colectivos para las Lajas a las 7:00 p.m.

Los taxistas primero me cobraron $12.000 para llevarme a las Lajas, luego me cobraron $20.000 y cuando eran las 8:00 p.m. y el frío entraba a mis huesos y no había esperanza de que me llevara un colectivo o que pudiera compartir un taxi con algún otro viajero, decidí aceptar el taxi, me cobraban $25.000.

Eran menos de diez minutos de trayecto, así que le rogué a uno de los taxistas que me llevara por $20.000. Aceptó, no sin antes decirme que a la próxima me alojara en el centro de Ipiales, porque era más económico y además el transporte era mejor.

Las calles estaban oscuras, después de timbrar, esperé que abrieran la puerta del hotel. No se veía a nadie y yo solo quería dormir. Fue un lindo cumpleaños. Dejé lista la maleta para salir al siguiente día al aeropuerto de Ipiales y regresar a la (también, pero no tanto) fría Bogotá.

Plaza del Carnaval en Pasto. Julio 2 de 2026. Foto tomada por Diana Socha Hernández.
Foto de Diana Socha Hernández. Plaza del Carnaval en Pasto. Julio 2 de 2026

El fin

A las 7:20 a.m. estaba en el comedor del hotel. Desayuné lo mismo que el día anterior. Entregué las llaves de la habitación y salí al parqueadero a tomar un colectivo que me llevara al aeropuerto de Ipiales, pero los conductores me dijeron que tenía que ir primero al Terminal de Ipiales y que desde ahí tomara transporte para el aeropuerto o que cogiera un taxi que me cobraba $25.000.

Esperé a otros viajeros para compartir taxi, porque veía difícil que se llenara el colectivo pronto. Pagué $7.500 y el señor amablemente me dejó en el paradero donde salía un bus que me llevaría a San Luis, esperó hasta que me subiera al bus para arrancar y dejar a los otros pasajeros a su destino.

Pagué $2.500 al conductor y le pedí que me dejara en el aeropuerto. Conocí gran parte de Ipiales mirando por la ventana. En cuarenta minutos estaba en la entrada del aeropuerto San Luis de Ipiales. Llegué a las 9:30 a.m. y a las 10:00 a.m. llamaron para abordar (habían adelantado el vuelo).

Fue tranquilo y rápido el trayecto. A las 12:00 m. estaba en Bogotá lista para llegar a casa, con un año más de vida y una experiencia memorable por viajar sola.

¡Nos estamos leyendo!

*(El presupuesto que gasté en este viaje: de tiquetes, estadía y transporte (colectivo y taxis) fue de $895.500 del 1 al 3 de julio de 2026)

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