Escucho con frecuencia la voz de las mamás y los papás diciendo con orgullo y seguridad que sus hijos son su mejor obra. Y me sorprendo, porque suena como si fueran de su propiedad, creyendo que la función es tener una versión mejorada de ellos mismas.

Ver a los hijos a través del filtro de nuestras propias creencias, frustraciones o valores y considero que esto genera la tentación de utilizarlos como un medio para alcanzar metas no cumplidas o moldearlos a nuestra propia imagen.
La película La virgen roja, dirigida por Paula Ortiz, es una de esas obras que impactan porque tratan precisamente sobre este tema.
Inspirada en hechos reales, la cinta reconstruye la historia de Hildegart Rodríguez, una joven brillante educada por su madre, Aurora Rodríguez Carballeira, para convertirse en el modelo de la mujer del futuro. Parecía una idea interesante, elegir al papá, escoger una rutina con disciplina para escribir, comer sano, hacer ejercicio, bailar y por supuesto, decidir por ella qué leer y sobre qué escribir.
Sin embargo, más allá de la reconstrucción histórica, la película plantea preguntas contemporáneas sobre la maternidad, la libertad y las formas en que el poder puede esconderse incluso detrás de los discursos más progresistas.
Aurora no concibe a Hildegart como una persona autónoma, sino como una obra de ingeniería social. La niña no nace para descubrir quién es, sino para cumplir un propósito previamente diseñado por su madre.
La maternidad aparece entonces despojada de cualquier idealización romántica. Aurora no es la madre sacrificada que acompaña el crecimiento de una hija, sino una arquitecta obsesionada con controlar cada aspecto de su existencia. Educa, forma y dirige, pero no escucha.
La película muestra con enorme sutileza cómo la posesión puede disfrazarse de amor. Aurora cree actuar por el bien de su hija y por el bien de la humanidad, sin embargo, detrás de ese proyecto emancipador se esconde una lógica autoritaria: si Hildegart es una creación, entonces pertenece a quien la creó.
Aunque hoy nadie admitiría abiertamente una postura tan extrema como la de Aurora, la película nos obliga a preguntarnos cuántas veces los padres proyectan sobre sus hijos sus frustraciones, sueños incumplidos o ideales personales.
El segundo gran tema de la película La virgen roja puede leerse como una reflexión sobre los límites del poder materno. No importa cuán noble parezca el proyecto educativo: cuando una persona es obligada a vivir para cumplir los sueños de otra, la libertad desaparece.
Y es precisamente la libertad, el tema que conecta la película con muchas de las discusiones contemporáneas del feminismo.
Durante décadas, los movimientos feministas han defendido la autonomía de las mujeres para decidir sobre sus cuerpos, sus proyectos de vida, sus relaciones y sus deseos. La libertad feminista no consiste únicamente en acceder a espacios tradicionalmente negados a las mujeres; implica también el derecho a definir quién se quiere ser.
Aurora se presenta como una mujer adelantada a su tiempo, crítica del orden patriarcal y defensora de la emancipación femenina, sin embargo, reproduce dentro de su hogar una forma de dominación que niega a su hija aquello mismo que dice defender: la capacidad de elegir.
La historia demuestra que la opresión no depende exclusivamente del género de quien ejerce el poder. Una mujer también puede controlar, vigilar y limitar la libertad de otra mujer. El problema es la estructura de dominación que convierte a una persona en instrumento de los deseos de otra.
Por eso La virgen roja nos recuerda que la verdadera libertad implica la posibilidad de construir una identidad propia, incluso cuando esa identidad contradice las expectativas familiares, sociales o ideológicas.
Esta película tiene una calidad en las actuaciones, la dirección, el vestuario, la banda sonora y sin duda, la reconstrucción histórica, además del tema que trabaja. Así que te dejo el trailer para que te antojes de verla, yo la encontré en Amazon prime video.
¡Nos estamos leyendo!
