Durante mucho tiempo creí que preocuparme por mi familia era suficiente. Y quizás lo era para mi mundo de entonces. Sin embargo, la vida, las personas que encontré en el camino y algunas experiencias difíciles me enseñaron que vivimos conectados a historias que van mucho más allá de nuestro círculo más cercano. Este texto nace de esa reflexión.

La historia
Caminar por los senderos de Bogotá, o, cuando puedo, por los alrededores de la ciudad y otros lugares del país, me ha enseñado a observar con más atención. A detenerme en los detalles. Las mariposas que aparecen en la fotografía estaban volando alrededor de otra que, evidentemente, había muerto. Al ver la escena, pensé en cómo la naturaleza nos enseña a no ser egoístas, a no ignorar lo que le sucede a los demás.
Durante mucho tiempo pensé únicamente en mi familia. Mi mundo se limitaba al círculo de personas que hacían parte de mi vida y, de manera automática, ignoraba todo lo demás. Solo quería que a mi papá le fuera bien en su empresa, porque eso garantizaba comida en la mesa, educación y algunas comodidades para nosotros.
En el colegio salesiano donde me gradué nos enseñaban a pensar en las personas más vulnerables y en la manera de ayudar desde nuestros privilegios. Incluso llegué a creer que la mejor forma de hacerlo era convirtiéndome en monja. Sin embargo, no hice nada. Regresaba a casa y continuaba con mi rutina diaria.
Más adelante, en la universidad, el enfoque de mi formación era social. Trabajé en barrios con escasas oportunidades y conocí de cerca distintas formas de sufrimiento. Escuché historias marcadas por la violencia y el miedo. Sabía que yo llegaba una vez por semana, escuchaba a las personas y luego regresaba al calor y la seguridad de mi familia. También sabía que era poco lo que podía hacer por ellas.
Fue entonces cuando dejé de vivir un día a la vez. Gracias a mis profesores, a los proyectos de investigación y a las personas que conocí en el camino, empecé a salir de la burbuja en la que había vivido durante mi infancia. Comprendí que podía aportar algo a otras personas, incluso a aquellas que no hacían parte de mi círculo afectivo más cercano.
Sé que la rutina forma parte de la vida de todas las familias. Cumplir una jornada laboral, cuidar a nuestras hijas e hijos, disfrutar de la ciudad y de todo lo que ofrece. Y eso está muy bien, porque sin ese amor cotidiano sería difícil sentirnos seguros y en paz.
Pero, al igual que las mariposas, creo que no podemos ignorar lo que necesitan los demás. No podemos dejar de ver a esos vecinos que no han tenido los mismos privilegios que, con tanto esfuerzo, nuestras familias han conseguido a lo largo de generaciones. Colombia es una nación diversa, integrada por pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes y campesinas que han sido históricamente marginadas y maltratadas.
Sé que no podemos ayudar a todo el país. Son muchos los lugares donde se necesita apoyo. También sé que muchas personas desconocen cómo pueden aportar a la transformación de Colombia. Algunas consideran suficiente atender sus propias necesidades y no cuentan con el tiempo, los recursos o la disposición para preocuparse por otros.
Mi mamá me enseñó que las pequeñas acciones también generan cambios importantes. Hacer sentir bien a alguien, compartir un poco de lo que podemos ofrecer (no necesariamente dinero; puede ser comida, tiempo, conocimiento o incluso una actividad) puede marcar una diferencia significativa.
Ella trabaja como Dama Salesiana y, desde allí, contribuye a mejorar la vida de muchas personas en barrios vulnerables del norte de Bogotá. Ofrecen talleres para fortalecer el emprendimiento de las mujeres, cuentan con un comedor donde niños y niñas pueden almorzar, mantienen abierto un ropero solidario y venden ropa a bajo costo para recaudar fondos destinados a la entrega de mercados. Además, apadrinan a niños y niñas y desarrollan muchas otras iniciativas comunitarias.
¿Cómo podemos ayudar?
Sé que muchas personas no estarán de acuerdo con esta visión. Los intereses y las prioridades son distintos, y eso también está bien. Este texto no pretende cambiar la opinión de nadie. Solo busca compartir una manera diferente de entender la vida y nuestra responsabilidad con los demás.
Algunos dirán que estas acciones son asistencialismo; que nadie tiene la obligación de ayudar; que cada persona debe encontrar por sí misma la manera de salir de la pobreza o de las dificultades que enfrenta. Otros pensarán que la vida es demasiado corta para dedicar parte de ella al bienestar ajeno. No considero que esas personas sean egoístas, es simplemente una forma distinta de ver el mundo, y merece respeto.
Para quienes piensan así, existe otra alternativa: delegar esa responsabilidad en el Estado y en quienes elegimos para ocupar cargos de representación política. Son ellos quienes deben responder por las necesidades de las poblaciones más olvidadas del país.
Para eso existen: el Estado y el Gobierno, para proteger los intereses de todas y todos. Son ellos quienes deben diseñar las reglas, administrar los recursos públicos y garantizar condiciones dignas de vida para la ciudadanía.
Deben trabajar para que niñas, niños y jóvenes accedan a una educación de calidad. Para que en el futuro sigamos disfrutando del agua, los bosques y la biodiversidad que caracteriza nuestro territorio. Para que existan vías dignas, oportunidades de desarrollo y un sistema de salud eficiente.
Por mi parte, seguiré ayudando desde los lugares que habito: como escritora, docente y ciudadana. Creo que la transformación de un país no depende únicamente de quienes gobiernan, sino también de las personas que, desde sus comunidades, trabajan todos los días para construir oportunidades, defender derechos y cuidar de quienes tienen menos posibilidades.
Por esa razón, me identifico con las propuestas (Descarga aquí las propuestas) de Iván Cepeda y Aida Quilcué. Más allá de los nombres, valoro una visión de país que reconoce el papel de los movimientos sociales, las organizaciones comunitarias, los pueblos indígenas, las comunidades campesinas y afrodescendientes, así como de todas aquellas personas que durante años han trabajado por el bienestar colectivo.
Me interesa una política que escuche a los territorios, que comprenda sus necesidades y que entienda que el desarrollo no puede medirse únicamente en términos económicos, sino también en la calidad de vida, la justicia social y el cuidado de la naturaleza.
Sé que cuatro años son poco tiempo para resolver problemas que llevan décadas acumulándose. Sin embargo, también creo que los cambios importantes comienzan cuando dejamos de pensar únicamente en nosotros mismos y entendemos que el bienestar individual está conectado con el bienestar de los demás. Si cada persona aporta desde sus conocimientos, su trabajo y sus posibilidades, podremos construir un país más digno para quienes habitan hoy Colombia y para las generaciones que vienen.
¡Nos estamos leyendo!
