Este lugar me queda de paso cuando estoy trotando o voy caminando hasta el Centro Comercial Titan Plaza, en Bogotá. Los domingos o cualquier día de la semana que este haciendo buen sol, me encuentro una fila de ropa colgada al borde del caño. Y no puedo dejar de opinar frente a esta escena recurrente en el barrio vecino a donde vivo.

 
Este barrio, queda finalizando la carrera 77, única entrada desde la calle 80, después de este barrio, comienza La Serena y la calle 90. Las casas que están detrás de la avenida, cuentan con un espacio de ciclorruta, árboles, y un espacio bonito, que usamos para hacer deporte o para ir caminando hasta la avenida Boyacá o hasta la avenida calle 80. Cruzando el caño, hay un paso peatonal, bordeado por árboles, al fondo el club Los Lagartos; y desde mi casa, pasando el barrio en cuestión, nos encontramos finalmente con el barrio Los Lagartos, un lugar lleno de conjuntos de apartamentos y casas; luego pasamos el puente peatonal de la av. Boyacá y ahí termina mi recorrido, en el Centro Comercial Titan Plaza.
 
El barrio tiene casas de tres pisos, compartidas por varias personas. No he tenido la oportunidad de entrar a ninguna de ellas, pero son coloridas por fuera y todos los días se escucha música fuerte que un vecino, amablemente comparte, con un parlante negro mirando la ventana del segundo piso. En una de las casas, la que esta construida de forma extraña, las paredes están tapizadas con un papel que simula ladrillos, tiene puertas, pero no se abren, y no hay ventanas, es una construcción pseudorococo, o cubista, si la ves con ojos de artista, pero realmente lo que yo veo es una construcción inestable, colorida y poco práctica. Algunos días encuentro a varias motos con un talego grande en la parte de atrás desocupado o con todo el reciclaje encontrado en los barrios. Veo a una mujer mayor, lavando la ropa de sus familiares, (o puede ser de otras personas) en un pequeño lavadero de cemento, el agua y el jabón caen en el mismo piso en donde ella tiene sus gastados pies. Agua, jabón y sus manos, restregando con fuerza. Dos cuerdas improvisadas, una parte la sujeta un palo que soporta el techo que cubre el espacio de la señora y la otra en el árbol que esta frente a la casa, con pocas hojas y flaco como el perrito que huele el pasto mientras la señora sigue restregando. En las cuerdas esta la ropa que ya lavó, camisetas, pantalones, y buzos. Frente a la casa, encontramos la ciclorruta, y unas barandas que protegen para no pasarse al caño, ahí esta la otra parte de la ropa, la que no cabe en las cuerdas frente a la casa. Entonces, allí está la cobija, la sábana, el tapete, esperando que el sol haga lo suyo y puedan entrarlas antes del atardecer.
 
Otra casa, a unos metros más allá, esta queda al fondo. De color verde, tiene las ventanas llenas de ropa colgada, improvisa cuerdas que van desde una reja de la ventana hasta los árboles que están frente a la casa. Un señor en silla de ruedas parece que cuida la ropa, porque le avisa a una señora que están en el suelo unos pantaloncillos, el viento juguetón no respetó y los dejó caer, la señora sale corriendo y con una sonrisa, vuelve a ubicar la prenda con unos ganchos de madera para que no vuelva a salir de su lugar. Al lado de esas casas, hay un lote desocupado, una vaya grande dice que pertenece al acueducto de Bogotá y esta enrejado con alambre de púas, allí, sobre el alambre, esta señora, colgó la otra parte de la ropa que le hacía falta secar.
 
Ropa secándose en un lote del Acueducto de Bogotá

En una página web, aseguran que el secado de la ropa al aire libre aprovecha lo bueno que da la naturaleza. “El sol y el aire fresco no sólo secan, sino que siguen limpiando la ropa. La luz solar directa ayuda a blanquear y desinfectar la ropa de forma natural, eliminando la suciedad y las bacterias visibles e invisibles”. Recuerdo que uno de los puntos que tenían las casas en Bogotá, hace varios años, era que tuvieran terraza o espacio para lavar y colgar la ropa. Las casas y en general los conjuntos residenciales, redujeron este lugar de manera exagerada, dando prioridad a una lavadora-secadora para la limpieza de la ropa. Recuerdo también que en el campo se usaba mucho, los tenderos largos para colgar la ropa de toda la familia y que se secara el mismo día. En el barrio, no se ven terrazas, ni espacios óptimos para la cantidad de ropa que deben lavar, en cambio, usan el espacio público para esto.

 
En los conjuntos residenciales existen normas de convivencia, en donde se prohíbe colgar ropa en la ventana o en los balcones y el residente que lo haga tendrá una multa. El argumento es que no es estéticamente acorde con el conjunto o porque molesta al vecino porque la ropa queda muy mojada y ensucia al apartamento de abajo. Estas normas básicas son manejadas desde la propiedad privada, pero como estamos hablando de un espacio público, busqué información sobre la entidad que podría hablarme sobre este tema y parecía que el Departamento Administrativo de la Defensoría del Espacio Público (DADEP) podría ser, porque en su página web dicen que tiene como misión: “Contribuir al mejoramiento de la calidad de vida en Bogotá, por medio de una eficaz defensa del espacio público, de una óptima administración del patrimonio inmobiliario de la ciudad y de la construcción de una nueva cultura del espacio público, que garantice su uso y disfrute colectivo y estimule la participación comunitaria”. En resumen, su función esencial es: “Defensa, inspección, vigilancia, regulación y control del espacio público del Distrito Capital, la administración de los bienes inmuebles, y la conformación del inventario general del patrimonio inmobiliario Distrital”. Sin embargo al intentar comunicarme con ellos, me respondieron que su trabajo era administrativo y que las “quejas y reclamos” era otro procedimiento, por correo me enviaron el paso a paso. Lo gracioso es que yo no estaba denunciando nada, solo preguntando cuál era su papel en este tema y si había alguna sanción para los que estaban colgando su ropa en el espacio público.
 
Supuse inocente, que seguro para ellos, este tema es menor de tantos que se han presentado en esta zona: desaparición de las canecas pequeñas de basura, o daños a las pocas que quedan, el espaldar de las sillas destruido, las basuras que dejan los habitantes de las calles, los cambuches que se hacen en ciertas temporadas en el caño y la quema de las canecas grandes de basura.
 
Por qué incomodarlos con esto, si parece inofensiva para la comunidad, no está haciendo daño a nadie, incluso, se podría pensar que la gente es confiada y deja su ropa sin pensar que alguien la va a robar, sin embargo, yo no lo veo así. La lectura puede ser diferente desde la cultura, costumbres, a muchos puede que no les importe pero personalmente, no me gusta ver ese panorama. No me interesa conocer las sábanas, las cobijas o los tapetes de esos vecinos, y mucho menos, la ropa que usan, no quiero enterarme de la ropa interior, ni de las camisetas, no quiero saber el estado en que se encuentran, no quiero conocerlos ni darme una idea de cuáles son sus gustos. No quiero pensar que el olor que expele el caño a veces, quedará impregnado en toda la ropa. Ojalá comprendieran que su vida esta siendo expuesta, no solo para los vecinos, sino para los visitantes de otras regiones, de otros lugares del mundo, que pasan en sus bicicletas o caminando.  La ropa y su limpieza hace parte de la intimidad de una persona, de una familia y aquí esta siendo expuesta públicamente. Nos obligan a verla, a hacernos una idea de quienes son las personas que usan esos materiales íntimos.
 
Supongo que les ha funcionado. Que no han buscado alternativas, y si lo han hecho, parece que no les ha dado buenos resultados, porque continúo viendo este panorama por lo menos una vez por semana. Tal vez para ellos, la ciudad, ese espacio en especial, les pertenece, hace parte de “su casa” y por eso esperan que la ropa se seque en casa💬
 
 
 
 

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