¿Qué me hace llorar? (en algún momento escribí sobre eso en este espacio) pero hoy quiero contarte las escenas en las que las lágrimas salieron sin importar el lugar en dónde me encontraba, solo quería dejar expresar ese sentimiento que me generaba Hamnet. Aquí te cuento cuáles fueron esas escenas.

Para quienes llegan por primera vez a mi blog o no conocen mucho de mi vida, les cuento que soy mamá de dos hombres inteligentes, creativos, amorosos y maravillosos. Parto de esto para que comprendan por qué esta película sacudió mi corazón y dejó fluir mis lágrimas sin control.
Agnes trae a su hija al mundo en medio de la naturaleza, esa que la ha acompañado desde niña. Sufre, el dolor es insoportable. Llora, grita y, al final, agradece. Todo vale la pena cuando escucha el llanto de esa pequeña que ahora descansa sobre su pecho, deseosa de ser cuidada y amada por la mujer que la trajo al mundo.
Agnes queda embarazada de nuevo, pero el clima no le permite ir a la selva. Confía en que solo allí su hijo o hija podrá nacer bien; así debe ser. Sin embargo, la lluvia inunda el camino, se cuela por debajo de la puerta de la casa, y salir es imposible. Entonces se enfrenta a un miedo profundo: su hijo no nacerá.
Es apoyada por la madre de su esposo y logra dar a luz. Una sonrisa tímida se asoma en sus labios, pero pronto siente un dolor terrible y debe volver a ponerse en posición: otro bebé está por llegar. Es inesperado y la asusta. Llora, sufre. No es fácil traer un ser al mundo, mucho menos dos.
No llora, no se mueve; su cuerpo se ve morado. Agnes no puede permitirse perder una parte de su vida. Con el poco aliento que le queda, pide que le entreguen a ese pequeño que no respira, que la dejen despedirse. Le habla como solo una madre puede hacerlo y entonces sucede lo que nadie se esperaba, el bebé comienza a moverse y luego a llorar. En ese instante, Agnes promete que la cuidará para siempre.
Agnes enseña el poder de las plantas. Juega en el prado, persigue, abraza, ríe. Alimenta ilusiones nacidas del rito y de la fe. Escucha atenta, mira a sus hijas y su hijo a los ojos. Predice un futuro maravilloso mientras sostiene sus pequeñas manos, y los impulsa a creer en ese porvenir.
Pero llega lo inexplicable. La peste amenaza con llevarse a su hija, la más pequeña, la más frágil, aquella a la que prometió cuidar con esmero. La melliza que ha construido una relación entrañable con su hermano. Jugaban a intercambiar roles para engañar a su padre, a crear pequeñas comedias para hacerlo reír. Eran inseparables, hasta que la muerte los separa.
Agnes pierde una parte de su vida. Porque, para mí, es imposible creer que los hijos no hacen parte de uno mismo. Entonces, Agnes pierde también la versión de sí que existía en relación con ese hijo. Pierde los gestos cotidianos, las pequeñas rutinas, el lenguaje secreto que construyeron juntos.
Agnes sigue viva. Tiene dos hijas, pero una parte de ella ha muerto. Carga con un universo roto que no todo el mundo puede comprender. Sin embargo, el amor permanece. No se irá, aunque no vuelva a ver sus ojos, ni a escuchar su voz, su risa, sus sueños, su futuro.
La última escena une el dolor del padre y de la madre. Es una despedida simbólica en la que convergen muchos de los elementos que la película ha ido sembrando.
No tienes que ser mamá para comprender esta historia ni el dolor de Agnes al perder una parte de su vida. Seguro lograrás conectar con ella. Está muy bien narrada y las actuaciones son impecables. Ojalá te des la oportunidad de verla.
(Lloré al escribir esta recomendación. El nivel de esta película para conmoverme es inmenso.)
¡Nos estamos leyendo!
