La línea de tiempo parece acortarse. Los temas que no interesaban antes, porque creíamos que teníamos mucho tiempo, ahora, toman fuerza y aunque son incómodos, se deben hablar, se deben escribir y por supuesto, se deben sentir. Hoy les cuento mi experiencia leyendo Por favor, cuida de mamá, de la Coreana Kyng-sook Shin.

Portada del libro Por favor cuida de mamá, se ve una mujer coreana tocando el dije de su cadena
Portada libro “Por favor, cuida de mamá” de Kyung-sook Shin. Foto: Diana Socha Hernández.

Las mamás

No voy a definir el concepto de mamá porque, tal vez, me limitaría a escribir aquello que la sociedad ha impuesto sobre ese rol. Ese rol sobre el que tanto se ha escrito aparece, desde el mismo título, en Por favor, cuida de mamá, de Kyung-sook Shin, y se construye a partir de la mirada de cada miembro de la familia.

Kyung-sook Shin construye la novela a partir de diferentes voces. Cada integrante de la familia reconstruye a Park So-nyo desde su propia memoria. Por eso, la madre que aparece en un capítulo no necesariamente es la misma que aparece en otro. En ese mismo sentido, quiero hacer, en estas líneas, un paralelo muy personal desde mi experiencia con mi mamá y con Park So-nyo.

No recuerdo cuando mi mamá me tenía en sus brazos y dejaba todo listo para llevarme donde mi abuelita, para que me cuidara mientras ella iba a trabajar. Tampoco recuerdo el desayuno que preparaba antes de salir corriendo y dejarme medio dormida en la casa de una vecina que tenía un jardín infantil, mucho antes de que llegaran los otros niños y niñas, hasta el mediodía, y luego, me quedaba aprendiendo con un pintor, una cocinera y la señora encargada del jardín, mientras llegaba a las siete de la noche mi mami corriendo para llevarnos a casa a mi hermana y a mi.

Por supuesto, tampoco está en mi memoria aquel momento en el que ella, subida en los puestos de atrás de una buseta, intentaba llegar al hospital para que yo naciera. Todos esos son recuerdos de ella que me fue transmitiendo con los años. Pero lo que sí recuerdo son las tardes en el apartamento, arrunchadas en su cama, viendo una novela y comiendo papas fritas o maíz pira.

Recuerdo cuando me acompañaba al colegio a recibir mis notas y a escuchar cómo me había portado. También recuerdo cuando cantábamos mientras mi papá conducía por la carretera para llegar a descansar a una ciudad mucho más cálida que Bogotá. Recuerdo también cuando escuchaba mis largas historias y corregía las palabras que decía mal. Recuerdo sus consejos sobre cómo cuidarme en la universidad o sobre aquellos amigos que a ella no le parecían correctos.

La veía como una mamá regañona y enojada todo el tiempo. Incluso llegué a pensar que no quería tenerme porque, en mi imaginación, yo no le había permitido seguir trabajando con tranquilidad ni salir con sus amigas a bailar salsa los sábados, como lo hacía antes de que yo existiera. Cuando pasé por la adolescencia, mi mamá dejó de ser protagonista. Solo importaban las experiencias que vivía con mis amigas y mis amigos.

Mis recuerdos de ella se limitaban al abrazo y la bendición del 24 y del 31 de diciembre y del 2 de julio. De ella no sabía nada. Sus tristezas, sus miedos y sus alegrías jamás tuvieron un valor para mí en esa época. Nunca le pregunté cómo estaba.

Las mamás, como la mía y como Park So-nyo, han dedicado buena parte de su vida a cuidar de su familia. Han trabajado, cocinado, criado a sus hijas e hijos y sostenido un hogar en medio de las dificultades. Sin embargo, para sus hijos e hijas, muchas de esas cosas se habían convertido en parte del paisaje cotidiano, en lo “normal”. Para mí era lógico que mi mamá cocinara, se levantara temprano, limpiara la casa, estuviera pendiente de las citas médicas, de que no nos faltara la ropa, de que hiciéramos las tareas y lleváramos el uniforme limpio. Era lógico porque ella siempre estaba ahí.

Pero cuando me fui de casa, todo cambió. Mi mamá tomó un lugar mucho más importante en mi vida. Sentía que teníamos algo en común, estábamos guiando una vida, enfrentándonos a un mundo difícil. Tuve muchos momentos de conexión con mi mamá, muchísimos. Pero siento que, en el instante en que supe que estaba embarazada, la vi con otros ojos y entendí muchas cosas. Entendí el cansancio, los miedos y la responsabilidad. Y también entendí que antes de ser mi mamá, ella había sido simplemente una mujer tratando de vivir su propia vida.

Su identidad

Una madre puede ser, para un hijo, la mujer que trabajó toda su vida para que él pudiera estudiar. Para una hija, puede ser aquella que nunca entendió sus decisiones. Para el esposo, puede ser la compañera que siempre estuvo disponible, pero ninguna de esas versiones alcanza a explicar por completo quién era ella.

Entonces pienso en la versión que tengo de mi mamá. Para mí, es una mujer solidaria. En este momento, su tiempo lo dedica a realizar obras en favor de los necesitados. Se preocupa por sus hermanas y hermanos, habla con sus sobrinos y sobrinas, quiere mucho a sus cuñadas, acompaña a sus suegros, cuida a sus nietas y ama profundamente a toda su familia. Sé que se siente orgullosa de sus hijas y del camino que han tomado. Pero esta versión es mínima, ella no es solo esto que escribo aquí. Seguramente cada persona que la conoce tendrá muchas cosas más que agregar.

Cuando leí Por favor, cuida de mamá, noté que cuando falta la mamá, algunas preguntas salen y son un poco dolorosas, porque ya no se puede hacer nada, ya no se puede remediar el posible dolor causado. Y la culpa aparece. Park So-nyo, una mujer de 69 años, viaja con su esposo desde el campo hasta Seúl para visitar a sus hijos. En medio de la multitud de una estación de metro, el matrimonio se separa. Él logra subir al tren; ella queda atrás, se pierde.

Cuando sus hijos se enteran de que ella ha desaparecido, comienza una búsqueda por las calles de Seúl. Pero muy pronto el lector descubre que la verdadera búsqueda no consiste solamente en encontrar a Park So-nyo, los hijos comienzan a preguntarse por qué no llamaron más, por qué no estuvieron más pendientes, por qué nunca se detuvieron a preguntarle a su madre qué quería hacer con su vida. El padre también tiene que enfrentarse a sus propios recuerdos y a las veces en que dio por sentado el trabajo y la presencia de su esposa.

En esta etapa de mi vida, mi mamá ha sido muy importante para mí. Ahora me interesa saber lo que quiere, lo que le gusta, lo que le duele. Me gusta escucharla y aconsejarla. Me gusta el rol de amigas y amo cuidarla. Saber cuándo tiene cita médica, acompañarla a organizar sus cosas, almorzar con ella cualquier día a la semana. No quiero perderme un segundo de su vida, no quiero alejarla de mi vida. Quiero que sea feliz y que cumpla sus sueños.

La historia de Park So-nyo me reforzó la idea de que somos un instante. Que la vida se nos va y nos afanan tantas cosas tontas, que no nos damos cuenta que las personas que amamos son lo más importante. Esa costumbre de pensar que nuestros padres estarán siempre disponibles, que habrá otra llamada, otro cumpleaños, otra visita, otra conversación, hasta que descubrimos que quizá no.

Por favor, cuida de mamá, me hizo ver que mi mamá no nació siendo mamá, antes de mí tuvo una vida, sueños, se enamoró, hubo días con mucho miedo, se equivocó, tomó decisiones y probablemente, hubo muchas cosas que nunca llegaré a conocer. Pero lo más importante es entender quién es ella ahora y lo que quiere. Mi mamá es una mujer, que disfruta lo que hace y en quién se ha convertido y que valora cada instante que esta con mi papá y con toda la familia. Mi mamá sigue soñando, bailando y disfrutando de su vida y yo quiero pensar que ella no es solo mamá, ella es una mujer que merece cumplir sueños.

No tuve que leer este libro para entender que nunca es demasiado tarde para mirar a nuestra mamá y preguntarle quién es, qué quiere, qué sueña y qué la hace feliz, pero si me motivó a pensar en el tema y a compartirlo con ustedes. Ojalá se motiven a leer el libro y la historia de la familia de Park So-nyo.

¡Nos estamos leyendo!

Diana y la mamá en el Centro de la felicidad en Chapinero, al fondo se ve Bogotá
Carmen Rosa y Diana en el Centro de la Felicidad de Chapinero – Bogotá. Mayo 2026. Foto: Nury Socha Hernández

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