La escritora colombiana Pilar Quintana, logra con esta obra, llenarme de miedos y desmontar mis ganas de vivir alejada de la ciudad. Un sueño que fue creciendo con los años y que ahora no me emociona como antes, después de leer Noche negra. Aquí te cuento por qué.

Portada del libro Noche negra de Pilar Quintana. Se ven unas hojas, un ojo y en el reflejo un hombre
Portada Noche negra de Pilar Quintana. Editorial Alfaguara 2025

Lectura de Noche negra

Esta historia, sin saberlo, cuenta uno de los sueños que había querido cumplir desde joven y por eso mi impacto al encontrarme con el mismo anhelo de Rosa. Mientras avanzaba por sus páginas, pensaba en la distancia que existe entre la vida urbana y esos territorios apartados donde el tiempo parece obedecer otras reglas.

Quien ha crecido en la ciudad suele imaginar el aislamiento como una forma de libertad. Yo fantaseo con abandonar el ruido, los trancones, la prisa constante y las obligaciones que impone la vida moderna. Soñaba con una casa sencilla frente al mar, con despertar al sonido de las olas en lugar de las alarmas, con una existencia más austera y auténtica, sin embargo, Noche negra desmonta esa fantasía con precisión, porque da detalles en los que pocas veces me detuve a pensar.

Rosa llega a un lugar donde todo parece prometer tranquilidad, logra conseguir un buen terreno para construir su modesta casa cerca de una quebrada, lejos de la multitud, lejos de las exigencias de la ciudad. Pero la distancia física no basta para desprenderse de lo que somos. La ciudad sigue habitando en ella, instalada en sus hábitos, en sus expectativas y, sobre todo, en sus miedos.

Quintana retrata el encuentro entre quien llega y quienes siempre han estado allí. Los habitantes del lugar observan a la recién llegada con una mezcla de curiosidad, ironía y generosidad, por momentos se ríen de sus torpezas, de su incapacidad para comprender códigos que para ellos son naturales y otras veces la ayudan, le enseñan, le muestran cómo sobrevivir en un entorno que exige conocimientos distintos a los de la vida urbana.

El choque entre dos maneras de habitar el mundo

Para quienes nacieron allí, el mar, la oscuridad, los animales y la distancia forman parte de la normalidad, para quien viene de la ciudad, en cambio, cada sonido desconocido puede convertirse en una amenaza.

Y es precisamente en ese punto donde la novela encuentra una de sus mayores fuerzas, porque nos hace sentir propio el miedo de una mujer que vive sola y que no surge únicamente de los peligros reales que puedan existir a su alrededor, también de los peligros imaginados, de las historias escuchadas durante años, narradas de generación en generación y que aunque parecen solo leyendas o mitos, dejan una huella en Rosa que no le permite distinguir entre lo que es ficción y lo que es real.

La mente urbana está entrenada para sospechar, ante una sombra, imagina un agresor; un ruido inesperado, construye una tragedia; ante la soledad, inventa presencias; Quintana explora con sensibilidad esa frontera difusa entre lo que ocurre y lo que creemos que puede ocurrir.

Sin embargo, la ayuda que recibe Rosa nunca es completamente inocente. Los hombres que la rodean son quienes saben cómo funciona ese mundo, porque conocen el mar, los caminos, los trabajos cotidianos y las pequeñas estrategias necesarias para sobrevivir lejos de las comodidades urbanas.
Son ellos quienes le enseñan lo que ignora, quienes le explican cómo resolver las tareas que para los habitantes del lugar resultan elementales.

Los hombres

Quintana retrata con sutileza esa vulnerabilidad. Rosa enfrenta la fuerza de la naturaleza, las exigencias de una vida para la que no fue preparada y también la conciencia constante de ser una mujer sola. La noche adquiere entonces un significado distinto. La oscuridad que cubre la playa, los sonidos desconocidos que llegan desde la selva o el mar y la sensación de indefensión frente a quienes podrían aprovecharse de su fragilidad.

El miedo se vuelve ambiguo porque oscila entre la amenaza real y la sospecha permanente. Rosa no sabe si esos hombres son protectores, vecinos solidarios o potenciales agresores. Y en esa incertidumbre, tan común para muchas mujeres, la novela encuentra uno de los temas que más me inquietan y en lo que jamás me había atrevido a pensar.

Mientras leía, comprendí que el aislamiento es estar lejos de otras personas y también, en enfrentarse a uno mismo sin las distracciones habituales. En la ciudad siempre hay algo que interrumpe el pensamiento, una llamada, una pantalla, una cita pendiente, las personas que hacen parte de nuestra vida; en la soledad de la playa, en cambio, la mente queda expuesta a sus propios mecanismos, los temores encuentran espacio para crecer.

Al cerrar el libro, quedé con el miedo de Rosa, el que desconoce las reglas del territorio y debe confiar en personas que, al mismo tiempo que la ayudan, le recuerdan constantemente su condición de extraña y su fragilidad.

La ciudad suele prometer protección a cambio de vigilancia y ruido; el aislamiento promete libertad a cambio de incertidumbre. Rosa descubre que ninguno de esos mundos está libre de amenazas, y como lectora terminé entendiendo que mis temores están en la naturaleza salvaje, en la oscuridad, en las relaciones de poder que atraviesan la vida cotidiana en ese lugar y también, de la fragilidad que implica habitar el mundo siendo mujer, una mujer sola.

¡Nos estamos leyendo!

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