Crónica de una caminata entre libros, escritores y calles de Panamá. Mientras varias personas estaban en el Cruce del Istmo en bicicleta, yo caminaba por la ciudad antigua de Panamá y me encontré con varias sillas en forma de libros. Aquí les cuento mi cruce por la ruta literaria.

Una silla en forma de libro. Se lee un poema de una escritora. Al fondo está una palmera y muy al fondo la ciudad de Panamá
En el Centro histórico de Ciudad de Panamá se encuentra en la Ruta de la lectura. Octubre 2026

Camino y, de pronto, encuentro un libro en el que nadie está leyendo. Es blanco, enorme y tiene la forma de un volumen abierto. No está sobre una mesa ni descansa en los estantes de una biblioteca, está en medio de un jardín, bajo el sol de Panamá, dispuesto para que alguien se siente sobre sus páginas.

A su alrededor, las palmeras se mueven suavemente y la ciudad continúa con su ritmo habitual. Alguien pasa, alguien conversa, alguien sigue su camino. El libro, en cambio, permanece allí, esperando. Me acerco. Sobre su superficie hay palabras impresas, fragmentos de una obra literaria, letras que se extienden por el respaldo y el asiento.

Me quedo frente a ella, observando su deterioro y sin embargo, me parece bellísimo. ¿A quién se le ocurrió convertir un libro en una silla? ¿Qué pasaría si las ciudades estuvieran llenas de objetos capaces de recordarnos que esos objetos que guardamos en el bolso, se pueden convertir en una obra de arte, allí, puesta para ser admirada y fotografiada?

Primera parada: un libro que sale al encuentro

La iniciativa se llama La Ruta de la Lectura. Nació de la colaboración entre el Ministerio de Cultura de Panamá, Bi Bank y el diario La Prensa, con un propósito sencillo: acercar la literatura panameña a las personas mediante bancas inspiradas en libros y obras de escritores nacionales.

El proyecto fue inaugurado en diciembre de 2024 en la Ciudad de las Artes. Su primera etapa contempló diez bancas, cinco instaladas allí y otras cinco destinadas al Casco Antiguo. Cada una reproduce fragmentos de una obra y ofrece un código QR para que los visitantes puedan acercarse a su contenido.

La idea me resulta hermosa porque no obliga a nadie a entrar en una biblioteca, comprar un libro o reservar una tarde para leer. Simplemente aparece en el camino. La literatura sale al encuentro de los transeúntes. Se instala en el paisaje, comparte espacio con los árboles y los edificios, se expone a la luz del día y espera que alguien la descubra.

Segunda parada: Rogelio Sinán y la luna de las palabras

En la Ciudad de las Artes, una de las bancas está dedicada a Rogelio Sinán y a su novela Plenilunio, obra que obtuvo el Premio Ricardo Miró en 1943. Su nombre aparece en esta ruta como una invitación a descubrir una de las voces fundamentales de las letras panameñas. Bernardo Domínguez Alba, su nombre de nacimiento, fue escritor, profesor y diplomático. Su trayectoria dejó una huella importante en la literatura de su país.

La literatura cambia de escenario, pero no pierde su capacidad de convocarnos. Quizá alguien que no ha leído a Sinán se interese por conocerlo. Quizá otro recuerde sus años de estudiante y aquella obra que alguna vez tuvo que leer para un examen. Quizá un lector curioso escanee el código QR y descubra que detrás de un nombre impreso hay una historia esperando.

Tercera parada: Pedro Rivera

Más adelante, el recorrido literario nos conduce a Pedro Rivera, escritor, poeta, ensayista, periodista cultural y una figura destacada de las letras panameñas. La banca que le rinde homenaje reproduce un fragmento de La mirada de Ícaro, obra que permite acercarse a su exploración poética y a sus preguntas sobre la existencia.

Qué interesante tener un fragmento para ser leído por alguien que no había ido a buscar poesía, que nunca a leído a esos autores, incluso, no tiene acceso a leer poesía. Me gusta que las palabras permanezcan disponibles, al alcance de una mirada.

La ciudad continúa alrededor. Los árboles dan sombra, los pasos van y vienen, el día avanza y el ambiente es caliente, para quienes llevamos horas caminando y tomándonos el tiempo para leer.

Cuarta parada: Elsie Alvarado de Ricord, la voz de una mujer

La ruta también rinde homenaje a Elsie Alvarado de Ricord, poeta, ensayista, profesora y estudiosa del lenguaje, quien fue la primera mujer en dirigir la Academia Panameña de la Lengua.

Su banca presenta fragmentos de Pasajeros en tránsito, un poemario publicado en 1973. En este recorrido, su presencia tiene un significado especial: nos recuerda que la historia literaria de un país también está construida por mujeres cuyas voces merecen ser leídas, reconocidas y transmitidas a nuevas generaciones.

Me detengo en esa banca, porque voy en la búsqueda de referentes femeninos y aunque nunca había escuchado su nombre y a partir de ese encuentro, decido investigar quién fue. Pienso que no se trata únicamente de rendir homenaje a quienes escribieron antes, sino de mantener viva la posibilidad de leerlos, discutirlos y descubrir en sus páginas preguntas que siguen teniendo sentido.

Quinta parada: las historias que una ciudad decide contar

En esta caminata aparecen otros nombres: Consuelo Tomás, cuya obra Agonía de la reina forma parte del proyecto; y Guillermo Sánchez Borbón, conocido por su seudónimo Tristán Solarte, autor de El ahogado. Son voces diferentes, con trayectorias y búsquedas literarias propias.

Una ciudad habla a través de sus monumentos, de sus plazas, de sus edificios y de los lugares que ofrece para el encuentro. Habla de aquello que considera importante, de las memorias que quiere conservar y de las experiencias que desea compartir con quienes la recorren.

Por eso, las bancas de La Ruta de la Lectura son más que un objeto curioso para fotografiar, creo que es una manera de hacer visible el patrimonio literario panameño, de recordar que la identidad de un país también se construye con sus escritores y de acercar sus obras a quienes habitan o visitan la ciudad.

En el Casco Antiguo, la iniciativa contempla otras cinco bancas dedicadas a Justo Arroyo, Rosa María Britton, Diana Morán, José Antonio Carr y Manuel Orestes Nieto. Sus obras —Vida que olvida, El ataúd de uso, Gaviotas de cruz abierta, Estación de la sangre y Panamá en la memoria de los mares— amplían ese diálogo entre literatura, memoria y espacio público.

La ruta, así, invita a sentarse y propone una manera de mirar Panamá a través de las palabras que sus escritores han dejado como legado.

Una banca en forma de libro

Con frecuencia hablamos de fomentar la lectura como si fuera una tarea que corresponde exclusivamente a las escuelas, las familias y las bibliotecas. Recomendamos libros, organizamos ferias, celebramos fechas especiales. Todo eso importa. Pero hay algo significativo en encontrar una iniciativa que lleva las palabras hasta los lugares por donde transcurre la vida.

Las bancas no garantizan que una persona lea más, tampoco sustituyen el acceso a los libros, la educación lectora ni las bibliotecas, sin embargo, abren una posibilidad de que alguien se acerque a un autor, que una obra despierte curiosidad y que el espacio público se convierta en una puerta de entrada a la cultura.

Mientras continúo mi caminata, pienso en otras ciudades y en los objetos que podrían invitarnos a detenernos. Un poema en una estación, una frase en un parque, un fragmento de novela en una plaza. Palabras que aparezcan en medio de la rutina y nos recuerden que siempre podemos detenernos y leer desde otras perspectivas.

A veces, para comenzar a leer, lo único que necesitamos es encontrarnos con un libro en el camino. ¡Nos estamos leyendo!

Una silla en forma de libro con un poema escrito
Ciudad de Panamá. La ruta literaria. Octubre 2026.

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